LA CREACIÓN SEGÚN EL IMPERIO KHARDESITA
Perdido está en la memoria del hombre el nacimiento del mundo, olvidado por aquellos que abrieron sus ojos a la vida en Târríen, la pequeña joya llamada por los eruditos Therría Kherrhiia Tarríen.
Hubo un tiempo en que el mundo no era como hoy lo conocemos, un momento en la historia de los infinitos planos en el que los continentes tenían otras costas, otras montañas desafiaban los cielos y los mares, hoy secos, bañaban otras playas.
Poco o nada sabemos de esta época, y lo que se narra suelen ser Leyendas o mitos, folklore de gentes temerosas del destino que, incapaces de abrir sus mentes a la inmensidad, se encierran, timoratas, tras el velo de la autocomplacencia, de las mentiras y el engaño que los bardos tejen con destreza.
Poco sabemos, es cierto, pero algo si está claro. Hace mucho, mucho tiempo, otra raza vagó por el mundo, una raza muy similar al hombre actual, pero también muy diferente… esta raza es llamada por lo eruditos los Primeros Humanos.
Su existencia está más allá de toda duda, como demuestran los restos que de ellos nos han llegado. Y no sólo
hay que hacer referencia a sus antiguas máquinas de guerra, cuya eficacia y letalidad ha quedado contrastada en numerosas ocasiones a lo largo de los siglos. Ni a las ruinas que tapizan las montañas, las praderas y los mares.
No, todo son menudencias si se compara con que, en algún momento de su historia, crearon el Cinturón de Khalendria. Y más increíble es pensar que, según se cree, allí donde hoy vagan errantes las lágrimas de los Dioses, antes hubo una tercera luna.
Pero, ¿dónde están hoy los Primeros?
Los eruditos nos cuentan que, en algún momento, los Primeros entraron en guerra. Contra quién, o contra qué, nadie lo sabe.
Sólo sabemos una cosa… Perdieron.
Cuanto tiempo pasó desde su desaparición hasta el resurgimiento de nuevas razas inteligentes nadie lo sabe a ciencia cierta. Pero algo en lo que casi cualquier escuela coincide es en que, fuese cual fuese la causa de la Caída de los Primeros, el mundo no volvió a ser lo mismo.

Fuerzas desconocidas irrumpieron en nuestra realidad. La Oscuridad mutó el mundo, alterando su forma y la vida que en él existía. El orden inmutable de la Luz dirigió algunas modificaciones, luchando contra la Oscuridad, reestableciendo y reestructurando bajo su poder cuando la eterna lucha lo permitía.
Por fin, la magia primigenia de los Dioses Grises envolvió el mundo, favoreciendo la evolución de los simios hacia lo que serían, con los milenios, los nuevos Humanos, la raza por excelencia de Târríen, y sin duda la más ambiciosa y expansionista, a la par que la más beligerante e intolerante.
De los mares surgieron también, imbuidos en esa magia, los cetáceos, que habrían de convertirse en los Heinäe, los perfectos, los leales, los fieles seguidores de los Dioses Grises.
Antiguos sirvientes de los Primeros sobrevivieron en cuevas, profundas minas donde trabajaban para sus altos señores. Estos restos de la gloria de antaño sufrieron la degeneración de la tierra, la maldición de la alteración de la Oscuridad, y la posterior reforma de la Luz en las guerras por el poder de la antigüedad. Cuando el conflicto cesó salieron a la luz y bajo la iluminación del Gran Padre evolucionaron hasta lo que hoy se denominan Enanos.
Otras razas hollaron el mundo en la antigüedad, pero ninguna logró sobrevivir en la difícil carrera de la evolución, o al menos eso creen los sabios.
La Luz y la Oscuridad también trajeron a Târríen a lo largo de los milenios multitud de sirvientes para luchar en sus guerras, y algunos de los que sobrevivieron lograron prosperar con el paso del tiempo. Estos seres raras veces conforman razas lo suficientemente estables y homogéneas como para que los eruditos los consideren poco más que criaturas o bestias inteligentes. Las pocas razas no autóctonas de este plano que merecen el tiempo empleado en su estudio reciben tradicionalmente la denominación genérica de Hombres Bestia; el resto son simplemente Demonios, seres cuya mera existencia es un insulto para la vida.
Finalmente, cien mil años después de la Caída de los Primeros, y después de que innumerables reinos se levantaran y cayeran en el tablero de poder de Târríen, surgió el que se autodenominó Sucesor de los Primeros. El imperio Afrasiano dominó mediante la política, la diplomacia y la guerra, cuando fue necesaria, la práctica totalidad de Târríen. Tardó siglos en establecerse pero, tras asentarse, veinte mil años de gloria deslumbraron a la humanidad.
Por primera y única vez el hombre doblegó los deseos de la Luz y la Oscuridad, y ambas iglesias fueron aceptadas por igual; sus cultos permitidos y sus sacerdotes respetados por todos. Las ciencias prosperaron hasta límites cercanos al tiempo de los Primeros, y los brujos removieron la misma esencia de la magia, explorando los planos eternos hasta en sus más lejanas manifestaciones.
Entre las grandes civilizaciones de aquella época sólo los Reinos Enanos y Rhiunè quedaron excluidos de su poder, prosperando independientes del imperio humano a lo largo de veinte milenios. Zonas aisladas o sin importancia económica ni cultural tampoco fueron conquistadas, como las Tierras Bárbaras, el Mar Seco o los Páramos.
Mucho de lo que actualmente somos se lo debemos al Imperio Afrasiano. Pero, como todo lo que hacen los humanos, su reino de gloria terminó por desaparecer.
Milenios de tranquilidad doblegaron la moral del hombre, la paz laceró su espíritu, y la envidia y el desprecio azuzaron sus armas contra sus pacíficos vecinos. Los Reinos Enanos resistieron replegándose en sus Ciudades–Mina, encerrados bajo la roca, indiferentes a los ataques.
Pero Rhiunè si respondió al ataque. Milenios de adoración a los Dioses Grises permitieron a los guerreros Heinäe resistir a las máquinas de guerra, demostrando que el músculo era igual, sino más fuerte que el metal. La magia Afrasiana fue más efectiva, pero el espíritu del mundo apoyó a los Heinäe en los momentos de penar, y no sólo repelieron la invasión, sino que ganaron las batallas y doblegaron al incursor. Lograron derrotar al Imperio Afrasiano… y precipitaron su caída, la Segunda Caída Humana.

En la batalla de la Llanura de Piedra las fuerzas Heinäe invocaron al poder de la tierra, y su hechizo transformó a un ejército de más de ciento cincuenta mil hombres en estatuas de piedra. Presas del pánico, las tropas humanas huyeron, abandonando la guerra y retirándose a sus casas, en un adelanto de la decadencia que vendría.
No fueron los únicos que sufrieron. Atormentados, los Heinäe se retiraron a sus tierras, cerraron sus fronteras y, por miedo a lo que podrían volver a hacer, juraron no volver a aventurarse fuera de sus confines. De eso hace ya dos mil quinientos años, y sólo hace unos años que ha comenzado a hablarse de caravanas que han logrado llegar a las ciudades de Rhiunè. Quizás simples mitos…
Para el imperio Afrasiano fue como si la magia de la tierra se hubiese vuelto en su contra, demostrando que ni Luz ni la Oscuridad podían frenarla.
Poco a poco las gentes fueron muriendo, los ríos se fueron secando y los niños dejaron de nacer. Ataques piratas quemaron puertos y segaron vidas en los mares, milenios de información marinera se perdieron, olvidándose las antiguas colonias, dejadas a la mano del destino. Los bárbaros comenzaron a atacar desde sus estériles tierras sobre las civilizadas poblaciones que ocupaban sus antiguos dominios, celosos de sus riquezas, temerosos de su ciencia y resentidos por los años de desprecio.
En las lejanas fronteras pueblos enteros lucharon por su emancipación y su libertad, tratando de huir de la debacle. Poco a poco pequeños grupos de insurrectos se fueron uniendo, surgiendo entre los sublevados líderes que engendraron países independientes. Y así nació la División, una zona de terreno baldío que separaba los leales al Imperio de los separatistas.
Por fin, toda esta hecatombe culminó el año 563 después de la batalla de la Llanura de Piedra, en el que sería, sin duda, el peor año de todos los que se recuerdan de la historia humana.
Asentando en focos de mala alimentación, pobreza y enfermedad, la peste se cebó en la población del Imperio, arrasando pueblos y burgos. Como si se tratase de un ataque militar de los ejércitos de la Oscuridad, la peste apareció súbitamente en múltiples regiones, matando a nobles y vasallos por igual.
Las gentes del campo, diezmadas, no pudieron recoger cosechas, y el hambre acompañó a la peste. Pueblos enteros quedaron desiertos.
Al tercer año de penurias tribus de hombres bestia, las más horrendas y terribles criaturas de la Oscuridad imaginables, bajaron desde las montañas buscando comida, enarbolando la bandera de la guerra y portando ríos de sangre. Legiones enteras de bestias inteligentes penetraron como el agua entre los dedos a través de las fortalezas, y la muerte campó a sus anchas por el mundo.
Los propios elementos parecieron participar en esta ofensiva. Entre el mar de los Dragones y el Mar Púrpura lluvias torrenciales devastaron la tierra, provocando inundaciones catastróficas. El hambre, la muerte y las epidemias hicieron que por todas partes creciese la multitud de pobres sin esperanza. En los caminos millares de errabundos mantuvieron un clima de inseguridad y violencia.
Ni la Luz ni la Oscuridad parecían poder con la fiereza de la tierra, y se moría de hambre ante las puertas de los monasterios. La fe en los Dioses sufrió su más dura prueba en el mismo corazón de las gentes. En muchas ciudades y en los campos la cólera se adornó con el manto religioso, confundiéndose la revuelta social y la esperanza religiosa.
Finalmente, en el año 571 apareció la cofradía armada en un pequeño monasterio de las montañas Ventosas. Estos guerreros santos, seguidores de la Luz, hicieron un juramento colectivo, prometiéndose caridad mutua, ayuda en tiempos difíciles y subordinación absoluta a los designios de la Luz.

Poco a poco, este grupo radical de guerreros fue extendiéndose, enfrentándose a las hordas de la Oscuridad. Gritando su servicio al Omnipresente, Creador y Guardián del Todo, difundieron su mensaje entre las gentes. Años de penuria, de sufrimiento y muerte hicieron que estuvieran dispuestas a escucharles.
Afirmaban que Él no podía tolerar por más tiempo que la Oscuridad mancillase su obra, y que les había elegido a ellos, los Benditos, como su martillo en el mundo. Advirtieron que el mundo se encontraba ante una gran, una hermosa y drástica transformación.
Según ellos, tres edades marcarían la historia de Târríen, y cada una de ellas era una etapa del hombre.
Primero fue la Edad de los Primeros Humanos, perdida en el tiempo. Luego fue la Edad de los Hijos, que estaba finalizando. La tercera edad sería la Edad del Evangelio Eterno, culminación de la historia humana.
Si la primera edad estuvo dominada por las revelaciones, la segunda por la fe y la sumisión, la tercera sería la del amor, del gozo y de la libertad. No habría riqueza ni pobreza, desaparecería el poder, sustituido por una comunidad en libertad de seres perfectos. Él se revelaría directamente en el corazón de los hombres.
Pero todas las edades han estado precedidas por una transición, un período trágico con sus dificultades, sus tensiones, sus catástrofes. En aquel momento se estaba entrando en ése período, y la lucha y derrota de la Oscuridad supondría el advenimiento del espíritu.
Las luchas fueron brutales. De entre los restos del Imperio surgieron más y más Benditos, guerreros iluminados, fanáticos que quemaban a los seguidores de la Oscuridad, destripaban a los que se les oponían y prácticamente exterminaron a los hombres bestia.
Con el paso de las décadas una nueva nación vio la luz. De las cenizas del pasado, la humanidad reedificó un reino. A este reino se le dio una capital, PuntoCentro, lugar donde los Benditos recibieron su don y desde el que iniciaron la reconquista. Y al país le denominaron Imperio Khardesita en honor a Khardes, el sumo sacerdote del templo de la señal. Otros simplemente lo denominaron el Imperio, tratando de dejar bien claro que sólo ellos eran los herederos del antiguo Imperio Afrasiano.
Pero esto no fue un final, sino que habían empezado los problemas para la humanidad. El período de transición no había hecho más que comenzar.
En el Sur, los fieles seguidores de la iglesia de la Oscuridad resistieron a los ejércitos de la Luz, y crearon un país a la mayor gloria del panteón Oscuro. Y lo llamaron la tierra de Arkhem.
En la división surgieron grandes naciones, todas ellas resentidas de su origen y bajo distintas ideologías. Jadalsi brilló con luz propia durante dos mil años, pero como todo lo que arde vivamente, terminó perdiendo su fulgor en la noche del tiempo. Kalanti, nación de ricas y autárquicas Ciudades–Estado, expandió sus territorios con fiereza durante años, pero finalmente perdió el empuje necesario y cayó en los mismos errores que el antiguo imperio. Hyarmaniel, con sus verdes bosques, desafió y aún desafía al Imperio, aunque nunca se mostró contrario a las caravanas de mercancías. Las llanuras de Zanelay fueron, y son, libres como el aire, peligrosas como el agua, fascinantes como el fuego y vivas como los bosques.
En el Noroeste, nobles de las casas gobernantes erigieron un reino en el que no habría rey, sino que ellos serían el poder, y lo llamaron Acrotiria. Y más allá, los salvajes despreciados por el antiguo imperio establecieron un beligerante reino, al que llamaron Isbandem.
En el Sudoeste, nobles guerreros renegaron de la Oscuridad y de la Luz, rehusaron caer de nuevo en sus garras y, resentidos por el sufrimiento que habían acarreado a la humanidad, volvieron a la senda del mundo. Así surgió Lerthan, el reino donde los más nobles y puros guerreros decidieron dirigir sus destinos. Y a su sombra creció Perasthan, un enorme mar de fértil tierra, dorada como los cereales, verde como las hortalizas, amarilla y escarlata como las refrescantes uvas.
Y más allá de la influencia del Imperio prosperaron nuevas naciones; unas lograron sobrevivir a la explosión de su propio nacimiento, pero otras murieron en los labios de los bardos.
Ajena a este pulsante ritmo de energía generacional, Rhiunè permanece dormida, distante, más un sueño que una realidad.
Aurelén de Serena, pluma de la sabiduría, brazo de la Luz.

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