La siguiente crónica está extraída de los manuscritos contenidos en el sagrado y odiado Libro de los No Nacidos. Benditos los ojos que hayan logrado apartarse de sus execrables volúmenes, porque ellos verán un nuevo día.
… y al mundo llegó Aggleddhull “ el destructor ”, “ el devorador de almas ”, “ el odiado ”, “ el corruptor ”, y la vida murió a su paso. No se sabe cómo llegó, ni quien sirvió de puente entre su dimensión, maldita sea mil veces mil, pero lo cierto es que los Primeros no estaban preparados para detener su aciago avance.
Hasta entonces los Primeros Humanos, una raza que nació del polvo cósmico y fueron moldeados por el Gran
Padre para habitar en Kharría Tarríen, habían aprendido a dominar y amoldar a voluntad el mundo y la naturaleza. Su magia, poderosa como su propio espíritu, les permitió realizar grandes obras, e incluso llegaron a alterar la realidad. Permitieron que los Señores de la Luz dominaran al Oscuridad, que el orden acabase con la aleatoriedad de la existencia. Y los Dioses Grises no pudieron evitar el equilibrio de poder; el Gran Padre creador y dador de vida fue herido en su más íntima esencia.
Posiblemente de aquella manera llegó al mundo Aggleddhull “ el señor de los siete infiernos ”, trayendo a todos sus hermanos tras de sí, y ni todos los grandes sabios de los Primeros pudieron detenerlos.
El afán de la esencia de la Oscuridad por corromper el mundo, por retorcerlo desde sus propias entrañas, anidaba en el pecho de Aggleddhull y su corte, y los Primeros y su magia no suponían sino una efímera molestia. Para solucionar este estorbo, los Señores de la Oscuridad crearon a los hombres bestia, profanando la esencia de los Primeros, y los modeló a imagen y semejanza de caóticos seguidores de otros mundos.
Los hombres bestia sólo sabían matar por y para sus amados Dioses, y se lanzaron contra las defensas de unos sorprendidos humanos. Las batallas eran sangrientas, ya pesar de la superioridad de los Primeros en el campo de batalla, allí donde caía un Hombre bestia tres tomaban su lugar. Durante miles de años ambos bandos lucharon y murieron, y ninguno pareció flaquear.
Mientras los muertos de ambos bandos se amontonaban en los campos de batalla a todo lo largo de Kharría Tarríen, en los planos superiores los sabios luchaban directamente contra Aggleddhull y su corte, aunque cada vez iban debilitándose más y más.
Harto de la pérdida de tiempo que la resistencia le estaba produciendo, y ante la necesidad de atender más directamente a los ataques místicos que parecían redoblarse en un desesperado intento de detenerles, los Señores de la Oscuridad trajeron a este plano a sus demonios servidores.
Desde ese día la raza de los Primeros Humanos estuvo abocada a la desaparición.
Las fuerzas demoníacas se unieron a los hombres bestia y cayeron una vez más sobre los Primeros, que poco a poco fueron cediendo ante su fuerza. Mientras, los sabios fueron, poco a poco, retirándose de los planos superiores ante las enormes pérdidas que estaban sufriendo.
Finalmente, la situación se hizo insostenible. Los recursos humanos no sólo se fueron agotando, sino que los constantes ataques de las tropas del Oscuridad hacían cada vez más difícil preparar adecuadamente a las levas para el combate. Una tras otra, las ciudades de plata de los Primeros fueron cayendo ante el avance del Oscuridad, sus gentes muertas o pervertidas por los Señores de la Oscuridad, y sus almas condenadas al olvido.
Finalmente, tras más de diez mil años de guerra, las tropas de los Primeros nacidos, con pocas y mal preparadas unidades, fueron completamente derrotadas en la Batalla de Korangar.
En un último y desesperado intento de sobrevivir y evitar que Kharría Tarríen fuera corrompido totalmente por Aggleddhull y su corte, los últimos sabios invocaron la ayuda de los Señores Blancos. Este fue el comienzo de la Guerra de los Dioses. Durante años habían sacado tiempo al tiempo para poder llamarles cuando todos los signos fueran correctos.
Y, en ese momento de necesidad extrema, los Señores de la Luz acudieron a su llamada, y camparon por el mundo. Y trajeron fuerzas leales a la Luz que lucharon con furia contra el Oscuridad, guerreando en tierra contra las tropas de hombres bestia y demonios; y ellos mismos lucharon en los planos superiores, junto a los sabios humanos, contra el corruptor de la vida y su corte.
Y en su fiereza se desataron sobre Kharría Tarríen las mayores fuerzas conocidas hasta entonces, sólo equiparables a las fuerzas primigenias del Gran Padre.
Aggleddhull fue malherido y encerrado en lo más profundo del Empíreo, su corte de oscuros señores desterrada del mundo y sus fuerzas derrotadas. Los sabios supervivientes, los últimos de su raza, decidieron quedarse a guardar su prisión, para evitar que nunca más volviese a impregnar Kharría Tarríen con su esencia. Los Señores Blancos, heridos y débiles, aunque victoriosos, se retiraron a recuperar fuerzas. El Gran Padre, duramente castigado y mortalmente herido, se precipitó hacia el mundo provocando en su caída un cataclismo sólo similar a la Guerra de los Dioses. El mundo se sumió en una espesa niebla, y las aguas subieron hasta cubrirlo prácticamente todo.
Al cabo de varios cientos de miles de años el mundo comenzó a regresar a la normalidad, para finalmente florecer como lo conocemos en la actualidad. Allí donde antes sólo estaban los Primeros fueron apareciendo distintas razas surgidas de las fuerzas mágicas liberadas por el cuerpo inerte del Gran Padre. Estas razas surcaron libres y salvajes el mundo durante generaciones y, con el paso del tiempo, fueron desarrollando culturas distintas.
Con el lento paso de los siglos nacieron y desaparecieron reinos, países enteros vieron la luz y finalmente se hundieron en el olvido. Sólo los más fuertes sobrevivieron.
En un intento de emular al Gran Padre, los Señores Blancos apoyaron en su desarrollo a los nuevos seres humanos, los segundos nacidos, y estos forjaron el Imperio Afrasiano. Aunque lejos del esplendor alcanzado por los Primeros, el Imperio floreció entre el barbarismo de sus vecinos, a los que terminó conquistando, dominando o exterminando.
En el Sur, seres inteligentes creados en el remoto pasado mediante las artes de la Luz por los Primeros, antiguos vasallos y sirvientes, levantaron un reino que resistiría a los envites de su belicoso vecino. Esta raza fue despectivamente denominada por el Imperio como enanos, y su país llamado los Reinos Enanos.
Más allá, también en el Sur, una nueva raza alumbrada por el Gran Padre desde las puras aguas del océano edificó un reino en perfecta armonía con el planeta. Los Heinäe, virtuosos entre los virtuosos, lograron llevar el poder de los Dioses Grises hasta límites impensables para sus vecinos, y Rhiunè brilló en las noches de Kharría Tarríen como sólo las estrellas pueden hacerlo.
El Imperio Afrasiano, leal seguidor de los Señores Blancos, pronto desaprobó las creencias de sus vecinos; la guerra no fue sino el fin lógico en las mentes de sus líderes y sacerdotes. El pueblo fue llamado a la guerra Santa contra los infieles, y las tropas chocaron contra las defensas de los Reinos Enanos y de Rhiunè. Los enanos retornaron a las cuevas que habían habitado tras la Guerra de los Dioses, y desoyeron los gritos de guerra de los humanos. Los Heinäe, sin embargo, si fueron a la guerra, y Kharría Tarríen tembló a espada, fuego y sangre.
Mientras la Luz y los Dioses Grises se destrozaban mutuamente, la Oscuridad permaneció al acecho, esperando un descuido de sus cuidadores, curando sus heridas, haciendo planes. Grupos de hombres bestia y demonios habían sobrevivido a la Guerra de los Dioses ya la catástrofe que trajo consigo en los más altos picos montañosos. Ahora que el Imperio se debilitaba las huestes del Oscuridad comenzaron a bajar de las montañas y acosar a los humanos.
La guerra contra los Heinäe supuso el primer fracaso de la historia del Imperio. Sus tropas fueron derrotadas, su moral se arrastró por los suelos y la iglesia de la Luz fue terriblemente humillada.
Los Señores de la Oscuridad, fortalecidos, volvieron de nuevo entre las criaturas mortales, y sus leales fuerzas estaban esperándole para iniciar una nueva guerra. Los eruditos del Imperio, tras percatarse del peligro, lucharon con ahínco como los Primeros habían hecho tiempo atrás. Sus tropas lucharon con valor, expulsando al Oscuridad donde podían o retirándose de las zonas perdidas.
Finalmente, en la Batalla de los No Nacidos, las fuerzas de Aggleddhull y sus huestes oscuras terminaron con las defensas humanas. Y el Imperio Afrasiano comenzó una lenta desintegración que conduciría, años más tarde, a su completa desaparición…
Arquías ven Azehäs, jefe de escribas y guardián de la memoria.
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Bien, este es más o menos el relato de la creación de Kharría Tarríen, el mundo en el que habitamos. Cómo y cuando fueron creados los Primeros Humanos no nos ha sido posible de determinar, pues todo lo que sabemos sobre ellos ha sido descubierto en los yacimientos arqueológicos.
Hoy en día el mundo aún recuerda las diversas guerras y batallas que la lucha eterna ha originado; ahora y siempre, el Mar Seco nos recuerda la caída del Gran Padre.
Desde la Batalla de los No Nacidos la Luz y el Oscuridad campan libremente por el mundo. Los Señores de la Oscuridad le enseñaron la magia al hombre, y como usarla para luchar eternamente contra los seguidores de la Luz. Y su magia es cada vez más poderosa. Los Señores Blancos, por su parte, siguieron apoyando a los humanos que tan lealmente les sirvieron y sirven en su eterno conflicto.
Las diversas razas han ido evolucionando poco a poco desde su aparición, desarrollando diversas culturas a todo lo largo de Kharría Tarríen. Unas crean, otras destruyen sin aparente raciocinio, y todas buscan su lugar en el mundo. Más allá del mar naciones de humanos descubrieron las enseñanzas del Gran Padre, y como luces en la noche, luchan contra uno u otro bando por mantener sus creencias, cuando no la vida.
En el Norte aun quedan hombres bestia, y en las montañas los Demonios aguardan su momento. Puede incluso que alguno de los Primeros Humanos lograse salvarse. Los Señores Blancos y los Señores de la Oscuridad siguen en guerra, y tarde o temprano Kharría Tarríen volverá a sangrar por su causa.
Pero, ahora y siempre, los Heinäe mantendrán viva la llama del Gran Padre, defendiendo la vida como antaño hicieron nuestros padres. Pues ése es nuestro lugar en el mundo.
Om du vill kan du få det tryckt på papper Bubok .