Tras avanzar durante días en un ascenso cómodo pero constante se llega a lo que los habitantes de la Cruz denominan “montaña abajo”. Asentadas en aquellas alturas, proliferan una serie de sociedades de muy distintas razas y costumbres, que de un modo u otro se han aclimatado a la escasez propia de la altitud.
Estas poblaciones se asientan principalmente en las zonas en las que los ríos procedentes de los glaciares son más caudalosos y ricos en substratos, donde las aguas fertilizan el terreno, y la tierra se muestra más rica en materias primas.

Viviendo prácticamente aislados de los habitantes del exterior, se han adoptado a la vida en la tundra, a los pies de los imponentes macizos helados. Los poblados suelen vivir de manera independiente, sin apenas más contacto entre sí que el puramente comercial.
Se les conoce generalmente como “la gente de la baja montaña”, aunque en Acrotiria también se les llama “la gente de acero”.
Los pueblos de humanos, la raza más numerosa, se sitúan en valles longitudinales y en los recodos de los ríos de montaña, donde explotan los escasos recursos de las altiplanicies y se dedican a la agricultura y la crianza de cabras.
La política de estos emplazamientos humanos de “montaña abajo” se basa en la igualdad entre todos sus miembros, ya sean hombres o mujeres. Los cargos oficiales se obtienen por referéndum público, y se desempeñan sólo durante algunos años. Practican el matrimonio de las mujeres con varios varones, frecuentemente hermanos entre sí, y las mujeres disponen de una independencia económica que muchas veces las convierte en las terratenientes de los pueblos. Cuando no los alcaldes.
Elfos y cíclopes conviven “montaña abajo” en poblados en lo profundo de los bosques de coníferas y otros árboles de hoja perenne. Mientras, los centauros de la Cruz, menos corpulentos que los de las llanuras, mantienen poblados itinerantes en las lindes de los ríos comerciando con sal y lana, productos que intercambian por arroz, trigo y maíz, y otros cultivos con los demás poblados y con las tierras bajas.
Los enanos de tierra mantienen numerosas minas allí donde las vetas son más ricas, aunque prefieren vivir en las ciudades fronterizas de la llanura. Independientes de los reinos humanos, las minas rinden pleitesía a “la gran ciudad enana” de Nur´hinar, en los lejanos Reinos Enanos, a la que también llaman “la mina central”.
Perasthan no muestra interés en ellos, y tanto Isbandem como Acrotiria toleran la independencia de las minas por los enormes beneficios que les reporta el comercio de las gemas y metales preciosos que los enanos extraen.
Más arriba, una vez se dejan atrás los poblados, tras varios días de escalar riscos y paredes de piedra, aparece por fin la Cruz de Acero en toda su magnificencia.
Es lo que los habitantes de Târríen denominan “el reino de los hielos perpetuos”, o también “el techo del mundo”, y a lo que los nativos prefieren referirse como “montaña arriba”.

Allí es donde habitan aquellos pueblos que, tras miles de generaciones, se han aclimatado a las duras cimas perpetuamente heladas. Por un lado están las razas que se instalaron hace miles de años y han logrado prosperar aunando esfuerzos. Y, por otro, aquellas razas que se desarrollaron en los hielos en tiempos pretéritos. A todos ellos se les llama “la gente de la alta montaña”.
Según se asciende los asentamientos son cada vez más escasos, ya que la altitud y las bajas temperaturas sólo permiten sobrevivir a las razas mejor adaptadas, que suelen vivir de lo que la tierra y los hielos les proporcionan, distribuyéndose dentro del núcleo pétreo que forman las cimas de la Cruz de Acero, al amparo de los glaciares eternos.
El comercio y los contactos de ambas poblaciones con los pueblos de “la gran llanura”, que es como suelen llamar al resto de los habitantes de Târríen, son prácticamente inexistentes, puesto que hay muy comerciantes dispuestos a sufrir los rigores del ascenso.